Acabo de leer, en el periódico de hoy, un texto de Juan José Millás sobre como el uso de la violencia, la crueldad, el terror, el abuso social es llevado a cabo por gente normal; lo que no significa más que el uso del poder y de la fuerza sobre el otro se utilizan como instrumentos de control, que pueden, en principio, no gustar al que los ejerce pero que los utiliza de manera implacable y obscena si el grupo social, la organización, la institución o el orden internacional al que representa carece de argumentos que contrarresten la lógica del contrario o necesita chivos expiatorios para justificar su propia incompetencia para encontrar la solución a los cuestionamientos de su propio sistema social, su nomos.
Como siempre, la culpa del abuso no es sólo del que la ejerce directamente: del ejecutor o su jefe; sino del que dice no me gusta, pero algo habrán hecho; del que piensa no es asunto mío y mira hacia otro lado; del que se lava las manos; del que calla y olvida y del que, al guardar silencio, le remuerde la conciencia el resto de lo que le queda de vida.
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