Difusión Difusa

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viernes, diciembre 02, 2011

por favor, no me hable de otra cosa

¡Por favor!, ¡poor faavoor! no me hable de otra cosa que no sea la crisis tan grave en la que estamos metidos y la manera de salir de ella.
No me hable de otra cosa que no sea economía.
¡Por favor!, no malgaste ni mi tiempo ni el suyo en cosas que, no sólo no producen ningún beneficio, sino que siempre van a generar perdidas, que no podemos permitirnos el lujo de compensar con ingresos que queremos que sirvan para pagar los gastos de vivir en una ciudad tan cara, donde, por cierto, le recomiendo que coja el coche para ahorrarse el pastón que nos cuestan los transportes públicos, que son sólo perdida, también por cierto.
Si no tiene coche, monte en bici, pero no moleste a los conductores -¿cómo? ¿qué no sabía que un paso de cebra es una señalización para que los peatones se acuerden de ceder el paso a los automoviles? No se preocupe, si todo se aprende poco a poco y ya sabe, la letra con sangre entra.
No importa que no entienda, que frunza el ceño y sólo le hable de economía y de lo irresponsable de gente tan despreocupada como usted por los problemas que afectan a la gente sensata y razonable.

viernes, noviembre 18, 2011

Encuesta de satisfacción

Hay gente que parece interesada en presentar las elecciones generales del próximo domingo como una encuesta de satisfacción.

Quizás la encuesta de satisfacción habría que rellenarla el lunes.

viernes, junio 24, 2011

la anomia, la chica y el Estado

A veces me pregunto si hay diferentes tipos de anomia o si hay grados dentro de ella.

En general el orden social funciona porque la gente se encuentra a gusto dentro de él, le otorga seguridad, le protege de la soledad, le permite valorar las inercias como estados positivos que se presentan con sentido dentro de la realidad que vivimos.

Si un colectivo de población significativo empieza a cuestionarse que, precisamente, el orden social no funciona; que no da las respuestas adecuadas a las necesidades, o incluso actúa de manera negativa para lograr un equilibrio social más o menos armónico, podemos hablar de Estado Anómico.

Desde esta perspectiva cualquier sociedad que se plantea la falta de equidad del sistema se está enfrentado a un Estado que puede ser más o menos anómico, en función de lo tolerable que resulte para la mayoría de la población los desajustes presentes, tanto por exceso como por defecto, beneficiando o excluyendo, por un lado a las élites y por otro, a los grupos más desfavorecidos.

En esta gradación, entre el Estado Perfecto (aunque creo que Estado y Perfecto ya de por si son términos contradictorios) y el Estado Anómico, entra en juego la anomia individual, pues cuando el desajuste sistémico es grande y, por tanto, percibido con claridad por una parte significativa de la sociedad, la chica anómica, aparentemente, dejará de serlo arropada colectivamente por sus mismas inquietudes, pero, según se consigan objetivos que ese grupo de referencia considere que se encuentran dentro de los umbrales de los satisfactorio, la chica anómica, se irá quedando sóla, gritándonos de nuevo que nos conformamos con poco y que en cualquier momento se puede romper la porcelana que tanto nos ha costado subir a la mesa para que ahora se quede en el borde.

viernes, junio 17, 2011

El Estado anómico

Como por casualidad, el último día de la Feria del Libro me encontré con El Estado Anómico de Peter Waldmann (2006), al que ya conocía desde mis tiempos con Fernando Reinares.
En él se plantea la anomia desde la perspectiva contraria, pero complementaria, a la que suelo referirme aquí:
La incapacidad del Estado(o del Sistema)para dar respuestas y otorgar seguridad a los ciudadanos.
Los desajustes entre las derechos que debe garantizar y sus modos de actuación real y cotidiana. Su escasa parcela de control frente a otros intereses más poderosos o mejor organizados (desde las élites o el narcotráfico pasando por los grupos paramilitares, que como regla general refuerzan a estos y no a a la clase trabajadora).
Aunque el libro se centra en Latinoamérica, todo me resulta tan cercano en las calles de mi ciudad en la acartonada Europa.

lunes, marzo 28, 2011

Si no lo leyó, lealo ahora

Parece que sólo he visto una película. Parece que sólo he leido un libro.
Pero es que que la manera de conducirse de los paises occidentales ante las crisis encadenadas que vivimos se corresponde a la perfección con la imagen elaborada por Thomas Mann en La Montaña Mágica, ambientada en un sanatorio para personas adineradas, en su mayor parte incurables, por lo que una vez ingresadas en esta clínica de lujo, resulta casi imposible que la abandonen con vida.
Una metafora de las sociedades ocidentales, ajenas al dolor extraño pero condenadas ellas, en su aislamiento etnocéntrico, a consumirse en su falso bienestar, que oculta afecciones incurables, observando como el mundo que creían seguro se desmorona.