Difusión Difusa

miércoles, julio 27, 2011

Los mejillones de Antonio Gala

Hace más de veinte años, una amiga de la facultad me dió a leer este texto que Antonio Gala publicó en El País Semanal. Ahora, en Bretaña, donde los mejillones resultan el plato más socorrido de la zona, he vuelto a pensar en él.

Cuando más desprevenido estaba, sobrevino. De repente, sin dar explicaciones. Me encontré acompañado a todas horas. Comenzó el tiempo de amar, en el que no envejeces porque sólo te ves en los ojos que te aman, y ellos te ven glorificado. No tardó mucho en llegar el tiempo de envejecer; cuando llegó fue un soplo el anterior. Pero entonces nadie me conocía por la calle. Nadie sabía quién era aquel muchacho, nunca solo, que sonreía sin motivo a la lluvia, a la luz de las mañanas, y muy particularmente a la caída de la tarde cuando se acercaba la hora de su cita diaria. Oíamos hablar de Los verdes campos del Edén -mi primera comedia, que obró de Celestina y que se representaba a la sazón- en la cola de un cine, o en las oficinas del documento nacional de identidad, que nos caducaba a los dos en fechas parecidas. Sin embargo, nadie sabía que el autor era yo. Ni que yo era feliz.

Por entonces Madrid no era ni una ratonera, ni una verbena. No se había transformado en campo de batalla, ni tenía ataques de histeria. Su alegría era un poquito cateta, familiar y doméstica. No llevaban la cultura a domicilio como un electrodoméstico, ni era aún una charanga de plazoleta, ni un burdo pasacalles. Había que ir a buscarla donde estaba, yeso hacíamos: en una librería de la calle Arenal, donde se desperezaba la amistad a la hora del cierre; en iglesias con cuadros no muy sonados: los Cossío de Santa Teresa, el Gaya de San Antón, el Greca de San Ginés; en los barrios, que todavía remedaban a Arniches... Nosotros paseábamos incansablemente por lugares remotos, sin damos cuenta hasta el final de que estábamos agotados. Las noches eran nuestras, y muy pocas nos sentábamos a cenar: lo hacíamos con tapas en tres, en cuatro, en seis tabernas. Pavías, caracoles, gambas con gabardina, asadura, criadillas, sangre frita, morcilla, calamares. Yo creo que de ahí viene mi escasa afición a los restaurantes formales y mi entusiasmo por las tascas. Y de ahí creo que viene también el desastroso estado de mi casquería: el desorden se paga. No me refiero al desorden de las comidas, sino al que supone amarse tanto junto a los mostradores de cinc, entre cañas y tintos (Méntrida, Mora, San Martín, Jumilla, Valdepeñas: muchas gracias), ante la faz de un mundo en que el amor solía esconderse avergonzado.

Una noche andábamos por Lista, por Alcántara, por Don Ramón de la Cruz, hacia la plaza de Manuel Becerra. Yo, por primera vez, hablé de Dios. Con disfrazada precaución. Deseaba saber qué pensaba de Dios mi acompañante. Habíamos entrado en algún sitio -parada y fonda- de la calle de las Naciones. Señalando con un gran gesto los vasos de cerveza, el pulpo a la gallega, la ensaladilla rusa, y a mí también, dijo: «Dios es todo esto.» Dijo «Dios es todo esto», y sonrieron sus labios rosados y carnosos. Nunca volví a tocar un tema tan evidente y tan sencillo.

Fue aquella misma noche, y no lejos de allí. Debía de ser febrero, y hacía un frío lento y silencioso. Recuerdo el vaho que salía de su boca y el calor que salía de sus ojos. Se había cogido de mi brazo y, de pronto, se detuvo ante una casa especializada en mejillones. Con un cierto temblor en la voz, cuya causa me costó averiguar dos años, me preguntó: «¿Quieres que entremos?» Yo -y ahí estuvo la verdadera equivocación que originó las sucesivas- respondí, supongo que también con un cierto temblor: «Si te gustan los mejillones tanto como a mÍ...» «Más que a ti», dijo, y empujó decididamente la puerta de cristal. Si la eternidad existe, me acordaré durante toda ella de las tres docenas y pico de mejillones que devoramos con la misma fruición que si nos estuviésemos haciendo el amor. Cuánta pasión, cuánta voracidad, qué gozo multiplicado el de vemos engullir el uno al otro... Cómo iba yo a confesarle que jamás en mi vida había podido ni ver ese acéfalo molusco incomestible, ese animalucho hermético y extraño, siempre entreabierto, o demasiado pálido o demasiado rojo, asido a un siniestro caparazón, y con un asqueroso moño de algas incrustado como estopa en sus laberínticas vísceras. Me sentía subir la arcada mientras comía más, más, más deprisa para acabar cuanto antes. Pero comía sonriendo, y sólo la sonrisa de mi amor, que comía a igual velocidad, logró evitar que vomitara.

Ese fue el principio de un par de años dedicados casi con exclusividad al mejillón. Los dos nos sorprendíamos mutuamente con nuevas direcciones, muy lejanas a veces, donde ofrecían singularidades. Yo me satisfacía con la satisfacción que veía irradiar de mi pareja. Ya casi había olvidado mi odio congénito. Comíamos los despreciables bichos aderezados de todas las maneras, dentro y fuera del minúsculo apartamento que con ellos compartíamos. Durante veinticinco meses nos alimentamos poco más que de melón con jamón y mejillones: al vapor, con limón, con vinagreta, con gambas, rebozados ... Yo temía que, en cualquier momento, le diera a mi amor por servírnoslos crudos. Porque inventábamos recetas misteriosas que los empeoraban de forma irremediable, y yo iba al baño, simulando una prisa, para poder seguir con mi comedia.

Un domingo almorzábamos paella invitados por unos amigos que aún lo son míos. Yo, distraído y contento ante un plato normal, me ocupaba en apartar tres mejillones que me correspondieron al servirme. Como cogido en falta, miré a mi amor frente a mí. Y vi que, de un modo distraído y contento, apartaba también sus mejillones. Levantó, como cogido en falta, sus ojos. Se cruzaron nuestras miradas. Y comprendimos los dos, en un relámpago, nuestra sacrificada y prolongada historia, nuestra oculta tortura. Los dos odiábamos los mejillones con fuerza semejante, los dos nos habíamos inmolado por error con la certeza de que el otro se pirraba por ellos... Imposible que paráramos de reír aquel mediodía de marzo en que nos liberamos.

No volvimos a comerlos jamás pero, cada vez que los veíamos, flotaba entre los dos una dulce y cálida corriente que nadie comprendía. Los amigos creyeron mucho tiempo que, para nosotros, el mejillón gozaba de no sé qué prestigio afrodisíaco. Y quizá fuese así.

Desde que aquel amor se terminó -pero, sobre todo, desde que murió quien fue durante unos deslumbradores años la mejor mitad de mí-, suelo comer de cuando en cuando mejillones. «Dios es todo esto», pienso sin poder evitarlo... Cada estación tiene sus frutos; los de ahora son amargos. No obstante, sólo la vida -mejillones incluido s- puede justificar el interminable absurdo de la muerte. Pero el amor es, en ocasiones, incompatible con la vida. Nunca sabré por qué.

lunes, junio 27, 2011

callao-amazonia


el aligustre de callao

viernes, junio 24, 2011

la anomia, la chica y el Estado

A veces me pregunto si hay diferentes tipos de anomia o si hay grados dentro de ella.

En general el orden social funciona porque la gente se encuentra a gusto dentro de él, le otorga seguridad, le protege de la soledad, le permite valorar las inercias como estados positivos que se presentan con sentido dentro de la realidad que vivimos.

Si un colectivo de población significativo empieza a cuestionarse que, precisamente, el orden social no funciona; que no da las respuestas adecuadas a las necesidades, o incluso actúa de manera negativa para lograr un equilibrio social más o menos armónico, podemos hablar de Estado Anómico.

Desde esta perspectiva cualquier sociedad que se plantea la falta de equidad del sistema se está enfrentado a un Estado que puede ser más o menos anómico, en función de lo tolerable que resulte para la mayoría de la población los desajustes presentes, tanto por exceso como por defecto, beneficiando o excluyendo, por un lado a las élites y por otro, a los grupos más desfavorecidos.

En esta gradación, entre el Estado Perfecto (aunque creo que Estado y Perfecto ya de por si son términos contradictorios) y el Estado Anómico, entra en juego la anomia individual, pues cuando el desajuste sistémico es grande y, por tanto, percibido con claridad por una parte significativa de la sociedad, la chica anómica, aparentemente, dejará de serlo arropada colectivamente por sus mismas inquietudes, pero, según se consigan objetivos que ese grupo de referencia considere que se encuentran dentro de los umbrales de los satisfactorio, la chica anómica, se irá quedando sóla, gritándonos de nuevo que nos conformamos con poco y que en cualquier momento se puede romper la porcelana que tanto nos ha costado subir a la mesa para que ahora se quede en el borde.

aficionado

en tiempo de expertos
siempre he sido un aficionado,
en la música,
en el dibujo,
en la literatura,
en el cine,
en el trabajo,
incluso en los roles sociales,
un aficionado profesional

lunes, junio 20, 2011

usted y la anomia

Para el Estado, y los poderes sobre los que se sustenta, la anomía toma forma en manifestaciones como la marcha del 19-J, sí la de ayer mismo, que distorsiona totalmente las rutinas deformadas por las malas costumbres de aquellos en los que el pueblo delega esos poderes.
En lugar de morirse de miedo o recurrir al desprestigio ante reivindicaciones que cuestionan un orden social, económico y político francamente mejorable, usted, usted que tiene los medios, la mayoría parlamentaria, la capacidad para interpretar la justicia y especular con mi nómina y mis deudas, usted, sí usted, debería estar dándose cuenta de que movidas como la de ayer, como las de hace un mes o las de hace un año, sirven para fortalecer un sístema democrático y por tanto pueden utilizarse para complementar y revalorizar ese mismo sistema que usted, sí, usted, está minando todos los días con su protección a la élite que, por definición, igual que nosotros reivindicamos la equidad, siempre reivindica seguir siendo minoría.

viernes, junio 17, 2011

El Estado anómico

Como por casualidad, el último día de la Feria del Libro me encontré con El Estado Anómico de Peter Waldmann (2006), al que ya conocía desde mis tiempos con Fernando Reinares.
En él se plantea la anomia desde la perspectiva contraria, pero complementaria, a la que suelo referirme aquí:
La incapacidad del Estado(o del Sistema)para dar respuestas y otorgar seguridad a los ciudadanos.
Los desajustes entre las derechos que debe garantizar y sus modos de actuación real y cotidiana. Su escasa parcela de control frente a otros intereses más poderosos o mejor organizados (desde las élites o el narcotráfico pasando por los grupos paramilitares, que como regla general refuerzan a estos y no a a la clase trabajadora).
Aunque el libro se centra en Latinoamérica, todo me resulta tan cercano en las calles de mi ciudad en la acartonada Europa.

lunes, junio 06, 2011

la chica anómica I








Lo peor que le puede pasar a la chica anómica es pretender adaptarse a la sociedad.
La chica anómica es la que grita que no, que no, que no es posible que seamos tan hipócritas; que no es cuestión de que ganemos un poco más o un poco menos, sino que abusemos del otro y que incluso los mendigos de Buñuel o los curritos de Berlanga siempre encuentren a alguien en desventaja en el que clavar su soberbia y su mezquindad

viernes, junio 03, 2011

piano


sólo cuando decido que cada noche tocaré el piano, me doy cuenta que soy capaz de tocarlo un poco mejor

martes, mayo 31, 2011

momento

El otro día te vi sola por la calle, apresurada, malhumorada.
Tan diferente a como te recordaba, rodeada de risas y amigos.
Te seguí con la mirada, hasta perder tu espalda, mientras reconstruía tu yo, tan real como imaginado.
Un momento no condicionado, del que no se siente observado. Un momento que no debería haber robado.

viernes, mayo 27, 2011

Normalidad

Normalidad es la falta de transparencia y los enchufes.
Normalidad es el amiguismo.
Normailidad es la palmadita en la espalda.
Normalidad es que el empleo público lo ocupen los conocidos
Normaildad es que se filtré una parte del contenido del exámen de las oposiciones.
Normalidad es que el resto de los opositores que no sacan plaza se queden con la boca abierta al ver que los exámenes versan sobre lo anecdótico en vez de lo esencial.
Normalidad era callarse e indignarse hacia dentro y desahogarse con los íntimos.
Normalidad es no implicarse más que en reivindicaciones gremialistas sin hacer una evaluación crítica de los ventajas personales y las desigualdades del entorno.
Normalidad es que te bajen el salario en lugar de reorganizar con eficiencia la gestión y los modos de trabajo.
Normalidad es hacer carrera política para tener unos ingresos superiores a la media.
Normalidad es que tengas que aguantar los altavoces de San Fútbol y de la Santa Iglesia.
Normalidad es que debas de esperar a Wikileaks para conocer el contenido del conciliabulo del mal en el que Zapatero se sacrificó por todas/os nosotras/os.
Amén

jueves, mayo 26, 2011

un chorro de voz en un espacio desolado

Una pena que la Riviera estuviese medio vacía para ver a los Brand New Heavies con N'Dea Davenport, quizás es que ya nadie se acuerda de ellos.

Este es el desolado aspecto que ofrecía la sala un par de minutos antes de que salieran al escenario:

Aunque no la tocaron, dejo aquí una muestra del chorro de voz de N'Dea Davenport, interpretando un tema que Stevie Wonder coescribió para el album For Once in My Life de 1968:
Grooveshark: Dont Know Why i Love You

He encontrado esta crónica con la visión de otro asistente al concierto, Manu Grooveman.

jueves, mayo 19, 2011

El final del viaje

Parece que hemos llegado al final del viaje hasta el sueño europeo, que no era otra cosa que revivir el entusiasmo del internacionalismo de finales del XIX. Quizás es que, aunque ya no somos obreros, nos habiamos olvidado que seguiamos siendo asalariados, con más ilusiones que posibles, muy preparados pero asalariados.

Para mi Letizia siempre ha sido un referente en ese sueño. A menudo me he preguntado por qué se les olvido hacer estudio socioprofesional de sus compañeros de promoción en la facultad de Ciencias de la Información:
¿cuántos encontraron su príncipe?
¿cuántos su silla de presentadora de informativos?
¿cuántos pudieron ejercer de periodistas con cierta continuidad?
¿cuántos acabaron dedicándose a otras labores menos vocacionales pero más alimenticias?

No sé si la trayectoria de Letizia es fruto del esfuerzo o la casualidad, creo que como en mi vida, como en la tuya, como en la de ella, ambos factores se habrán ido entrelazando.

Lo que me niego es a creer a esa gente que me dice, que nos dice, mientras nos da una palmadita en la espalda, que si tú o yo no llegamos, ha sido porque no nos esforzamos lo suficiente.
Ja!

Sistema


Aunque es de hace unos años, vigencia permanente.

martes, mayo 10, 2011

Pillarle el punto

Me cuesta pillarle el punto a tantas cosas, a una canción, a una película, a una videoinstalación, a un interlocutor que se esfuerza en compartir intereses que nos son ajenos.

Pienso, de todas formas, que a veces cuando uno apaga la tele, arroja el periódico a la papelera o simplemente se pone borde sin darse cuenta es porque también ha pillado el punto a algo.

Señal

Ayer me llego el último libro del profesor Münch, antropólogo y maestro, sobre las brujas y los sueños.
Apenas llevo cuarenta páginas pero sé ya que es una señal.
La señal de un amigo para que no desista.

viernes, abril 29, 2011

gente normal

Acabo de leer, en el periódico de hoy, un texto de Juan José Millás sobre como el uso de la violencia, la crueldad, el terror, el abuso social es llevado a cabo por gente normal; lo que no significa más que el uso del poder y de la fuerza sobre el otro se utilizan como instrumentos de control, que pueden, en principio, no gustar al que los ejerce pero que los utiliza de manera implacable y obscena si el grupo social, la organización, la institución o el orden internacional al que representa carece de argumentos que contrarresten la lógica del contrario o necesita chivos expiatorios para justificar su propia incompetencia para encontrar la solución a los cuestionamientos de su propio sistema social, su nomos.

Como siempre, la culpa del abuso no es sólo del que la ejerce directamente: del ejecutor o su jefe; sino del que dice no me gusta, pero algo habrán hecho; del que piensa no es asunto mío y mira hacia otro lado; del que se lava las manos; del que calla y olvida y del que, al guardar silencio, le remuerde la conciencia el resto de lo que le queda de vida.

martes, abril 26, 2011

taller de escritura

Hace años Oz me dijo que leyera la mitad y escribiera el doble.
Era un consejo para que diera rienda suelta a todo eso que llevamos dentro y que muchas veces, al ponerlo sobre un papel, nos ayuda a entendernos mejor, comprender el mundo que nos rodea y sobre todo, saber transmitirlo.
Visto que pasado el tiempo sigo con mi torpeza caligráfica, mis bloqueos y ese pudor ante las pequeñas cosas que me frena una y otra vez, empiezo a considerar si no sería buena idea apuntarme a un taller de escritura.
La verdad es que mi subconsciente me está proponiendo algo visto decenas de veces en las películas estadounidenses y que hasta ahora me había parecido una majadería. ¿Me vuelvo viejo y empiezo a comprender cosas que antes se me habían pasado por alto?

lunes, abril 25, 2011

Canción para que tú me quieras

Ayer vi Gainsbourg, la película del año pasado, y una cosa que me llamó la atención es lo extremadamente cruel del retrato que presenta de France Gall y de su padre Robert, coautor, entre otras, de la canción que acompaña a esta entrada.
Chanson pour que tu m'aimes un peu (1967)
Chanson pour que tu m'aimes un peu by France Gall on Grooveshark

jueves, abril 14, 2011

Sea positivo, practique el arribismo, rechace las movilizaciones

Me temo que esta crisis sólo está sirviendo para que los priviligiados marquen claramente la posición y el comportamiento social de los asalariados, para que no les quede duda de que la mejor forma de renegar de serlo es el arribismo egoista.

Sea positivo, rechace las movilizaciones de autoafirmación de clase: practique el arribismo.

miércoles, abril 13, 2011

borrando canales

Desde hace unos meses he visto varias películas de Chabrol, Borau, Saura o Gónzalo Suárez en el canal 8 madrid; también he visto algunas, un poco más actuales, en la 2. Todas sin cortes publicitarios.
Creo que con esto tengo más que suficiente para completar mi ración semanal de tele, ahora que se me ha acabado mi otra diversión con el mando: borrar todos los canales de la TDT que no me estaban aportando nada ni a mí, ni a mis circustancias.